Motivación y palabras mágicas. El poder de lenguaje
Motivación y palabras mágicas. El poder del lenguaje.
Me interesó escribir sobre
este tema de Motivación y lenguaje, porque hay un riesgo ante el cual debemos
estar muy atentos, que tiene que ver con el pensar algo y expresar con el
lenguaje y las palabras otra cosa, es decir, a no estar en sintonía. Esa
incoherencia impide alinearnos en pensamiento, emoción, palabra y acción, a fin
de que verdaderamente pueda crearse la energía y la vibración en alta
frecuencia que se requiere para contribuir a la manifestación de la realidad
que deseamos en nuestra vida.
En ocasiones decimos, por
ejemplo, que somos optimistas pero nuestro lenguaje frecuentemente refleja algo
distinto al centrarme en la carencia, negatividad o dificultad. Incluso las construcciones
más bondadosas en buenos deseos hacia los seres queridos, desde nuestras
creencias religiosas y un gran componente cultural, nos llevan a decir o
escuchar frases como: “Dios te ampare, te cuide”. Veamos, desde donde hacemos
esa construcción ¿De qué nos tendría que cuidar o amparar Dios? obviamente, del
mal, es decir, que la construcción de la protección, la hacemos desde
nuestros miedos a ser afectados, a ser agredidos. Distinto es si ese
pensamiento de que estamos en protección absoluta, lo convertimos también en
nuestro discurso en forma coherente y decimos: “Dios te guía, Dios te bendice, Dios
te acompaña”, es decir dar por hecho aquello que queremos y no pensar y desear
desde lo que tememos o no tenemos.
En ocasiones, podemos estar conectados
emocionalmente con el temor, incertidumbre o angustia y esos son espacios muy
humanos en contextos de ciertas privaciones, pero deben ser solo eso, momentos, porque lo que
debe iluminar y proyectarse en nuestra vida es aquello que queremos construir.
Si yo pienso y digo “la vida es dura”, esa creencia se va a ir de alguna manera
reafirmando con las cosas que me pasan, que a su vez son producto de la propia
creencia, y en ese círculo vicioso, me reafirma que “la vida es dura” y sigo
pensando, diciendo y viviendo de esa forma.
Como lo plantea incluso Miguel
Ruiz en su famoso libro “Los 4 acuerdos”, el lenguaje debe ser impecable y es
la expresión de cómo estoy construyendo desde mi pensamiento una visión acerca
de la realidad. Mi lenguaje me muestra la coherencia entre cómo quiero ver algo
y cómo realmente lo veo, actúa al igual que las emociones como orientador de lo
que en realidad está pasando dentro de mí.
Al decir que el lenguaje
debe ser impecable me refiero también a que hay un proceso íntimamente vinculado
con el pensamiento, por eso es tan importante estar vigilantes a esos niveles
de control, de equilibrio y atención a cómo es mi lenguaje; si hablo desde la
carencia, la negación, si es más destructivo que constructivo, si es más
temeroso que confiado, si está más orientado al miedo que a la oportunidad.
Cuando realmente estamos en ese ejercicio de pensar en positivo, y nos descubrimos —como es humano y lógico— en esos pensamientos negativos y corregimos, se retoma el rumbo adecuado y conectamos con otras emociones. Sabemos que desde el pensamiento construimos realidad y desde la palabra también lo hacemos. Es una forma de mostrarnos al otro y de escucharnos a nosotros mismos. Hay que estar atentos, en tiempos como los actuales —donde hay riesgo de vernos envueltos en lo que pareciera una actitud colectiva de temor, incertidumbre, desesperanza— y ser cuidadosos de no enganchar con esas actitudes.
Cuando estamos cerca de personas que piensan y hablan desde sus miedos, sus temores o carencias, tenemos varias opciones: escuchar con paciencia y empatía, sin conectarnos emocionalmente, intentar cambiar la conversación o alejarme. Pienso que la decisión debe estar mediada por el sentido común y tener en cuenta ¿quién es la persona que nos está hablando y qué me está diciendo eso de ella?
En
la forma de expresarnos, a veces no estamos hablando del otro, sino de nuestros
propios temores, de nuestra historia, de lo que hemos construido y de la
interpretación de las situaciones que nos toca vivir. Estar motivados a
escuchar al otro, es todo un ejercicio a veces más complejo que hablar, pero en
este caso supone escuchar lo que me está diciendo, porque detrás de su lenguaje
hay una lectura acerca de su emoción, de su pensamiento, al menos de su
expresión en ese momento y de cómo está procesando determinada situación.
El lenguaje impecable tiene que ver con cuidar mucho lo que
decimos. En uno de los artículos que escribí, les mencionaba un proyecto llevado
a cabo por el psicólogo Luis Castellanos en España, llamado “Palabras
habitadas”. Ese proyecto nos habla del ser capaces de habitar nuestras palabras
y nuestra manera de actuar; que cuando pronunciemos una palabra, esta salga del
corazón, porque las palabras en sí mismas están vacías; no son un medio de
comunicación, sino la conformación de nuestra historia.
Sabemos que la comunicación
ha dejado de ser un proceso que podemos reflejar en forma lineal, donde hay un
emisor, un mensaje, un canal, un receptor y un feedback o retroalimentación. Una
visión actualizada y humanizada de ese proceso nos dice que, ciertamente hay un
emisor, pero con una historia, unas emociones, hay un mensaje con una
intencionalidad, hay un canal que
responde a dónde digo lo que digo, por cuál medio, delante de quién y, hay un
receptor que igual que el emisor, tiene un tiempo, una emocionalidad, una
capacidad de escucha, es decir, que es un proceso más complejo y por eso es tan
importante tomarnos el tiempo de pensar muy bien lo que vamos a decir. Pasarlo
por ese filtro en el que me pregunto si lo que voy a decir vale la pena, por el
efecto que puede causar en el otro.
Se trata de cuidar
amorosamente las relaciones que establezco, por eso cuando estamos en emociones
muy alteradas debemos detenernos con cautela a revisar lo que decimos, porque frente
a esa alteración hay menos capacidad para darle cabida a lo cognitivo, al
razonamiento, al procesamiento en un plano secundario de esa emocionalidad
instantánea, de esa reactividad. Hay que aplicar la conocida estrategia de
contar hasta 10, 20, 100, hasta donde sea necesario; respirar profundamente
hasta sentir que somos quienes llevamos el control y escoger las palabras
adecuadas e incluso en ocasiones, escoger el silencio antes que las
palabras.
Los silencios también comunican
e incluso, en algunas ocasiones, nos comunican a nosotros mismos, la paciencia
de la cual fuimos capaces al no decir algo que nos provocaba decir en ese
momento, por cuidar nuevamente la calidad de las relaciones que establecemos o
por sentir que hablar desde la rabia, el miedo, la alegría exacerbada, me puede
llevar a decir algo de lo cual probablemente después me pudiera arrepentir.
Ser impecables en nuestro
lenguaje implica tomarnos el tiempo para pensar lo que digo, preguntarnos si tiene
sentido decirlo, y de qué forma hacerlo sin afectar al otro, eso que conocemos como
asertividad, al ejercer junto a eso nuestro derecho a decir lo que pensamos y
sentimos cuidadosamente con nosotros y con los demás. En este último caso, es obvio
que lo que digo puede generar una reacción, pero no se limita al “otro”. Hay un
efecto que nos involucra y tiene que ver con el cómo nos sentimos después que
decimos lo que decimos: satisfechos, arrepentidos, preocupados, apenados, molestos,
tristes. Si la emoción que acompaña a eso, no es una emoción agradable o
gratificante o no está en sintonía con esas emociones elevadas, es el momento
para revisar qué puede estar pasando.
Para tener un lenguaje
impecable hay un ejercicio previo de atención consciente, de auto observación y
de herramientas para la gestión adecuada de emociones y acciones. Implica respirar,
tomarme el tiempo de decir lo que tengo que decir, afinar mi habilidad para
comunicarme y fundamentalmente atender siempre a la premisa de poder vivir con
lo que digo, vivir bien, cómodo, tranquilo, en paz y, es que la felicidad se asemeja
mucho a la paz, al equilibrio, a la alegría, al entusiasmo, pero la felicidad
es más la paz, ese poder respirar profundamente y sentirnos plenos.
La impecabilidad del lenguaje
y la coherencia con la motivación es cuidar de expresar al otro aquello que le
permite conectarse con una emoción elevada, que aplaque las ansiedades y
angustias del momento, que le permita mantener la confianza, recuperar la
certeza, la quietud. Es cuidar de decir aquello que le permita sentirse
acompañado, es el compartir una frase que ese momento puede cambiar su día y
hasta su vida; es hablarle desde las oportunidades, no desde la carencia, es
hablar desde lo bonito, lo bueno, desde la esperanza.
Hablar desde la motivación
es sencillamente, como lo comentaba en mi artículo anterior, la proyección de
la motivación personal, en este caso, hecha lenguaje. Es poder levantarte en la
mañana, despertar y decir “gracias Dios por este nuevo día, por bendecirlo para
todos nosotros, por todas las personas, situaciones y cosas agradables que has
puesto en nuestro camino, gracias por nuestra vida, por la salud, la familia,
los afectos, la comodidad, por todo lo que me hace la vida más hermosa, por
poder levantarme hoy, tener metas, personas a las que quiero y me quieren. Es
conectarte desde la mañana con la gratitud, como expresión de una emoción
elevada, y desde ahí construir tu día y apoyar a construir el de otros.
No se trata solamente del
lenguaje con el cual hablamos al otro, es el lenguaje con el que nos hablamos,
en eso que conocemos como el diálogo interno: cómo nos hablamos, qué nos
decimos, cómo nos tratamos. Ya sabemos, por investigaciones que se han
realizado en este campo, que la persona con la que más nos comunicamos es con
nosotros mismos. En esos momentos de espera, mientras estamos en espacios en
los que no nos relacionamos, pensamos permanentemente y es probable que en ese diálogo
yo me diga frases como “siempre tan olvidadizo”, “tan malo para esto”, “tan lento”,
“siempre me pasa lo mismo” o puede ser que esté consciente del impacto que eso tiene
y utilice ese recurso para mi beneficio. Ese diálogo interno exige que comencemos por
ser compasivos y amorosos con nosotros mismos y así será más fácil hablarle
también en forma amorosa y compasiva a los demás.
Cuando comienzo a revisar mi
lenguaje puedo ver si hablo desde la carencia, desde lo que no tengo, pero más
profundo es el poder identificar si califico al otro desde la condición del
SER. Por ejemplo, cuando digo “tú sí eres
olvidadizo” y el eres es el SER. La
persona puede ir incorporando a sus creencias el “soy olvidadizo”. Si llega a ese nivel, se instala como creencia y tengan
la seguridad de que será olvidadizo y de que olvidará muchas cosas para reafirmarse
que efectivamente lo es.
Por eso el impacto del
lenguaje no sólo crea mi realidad, sino que contribuye a crear la realidad del
otro. Como vemos, somos vulnerables al efecto del lenguaje, por eso es tan
fácil afectarnos emocionalmente cuando escuchamos decir algunas cosas de
determinada forma. Eso nos impacta, hay
una energía en el lenguaje que nos afecta. Procuremos que esa energía sea
la energía vinculada a una vibración de alta frecuencia, que nos afecte de
manera positiva. Utilicemos las palabras mágicas, dejemos las
palabras nocivas, oscuras, vacías o neutras en menor uso, para darle privilegio
predominante en nuestra vida a las palabras creativas, que construyen
realidades hermosas, y contribuyen a que las situaciones puedan ser más
llevaderas y fluidas.
Tenemos que utilizar ese recurso comunicacional vital de la mejor forma posible. Somos seres sociales, nos comunicamos permanentemente con nosotros mismos y con los demás, desde los silencios hasta las palabras; desde las palabras vacías, hasta las palabras cargadas emocionalmente. No es sólo no decir lo que puede afectar al otro, es aprender a decir aquello que sabemos que lo ayuda y apoya. Es decir con facilidad por ejemplo: “te amo”, “te extraño”, “te valoro”, “eres importante en mi vida”, “agradezco tu presencia”, “bendigo tu cercanía” y, no sentirnos incómodos, tal vez por nuestra historia personal, en la que esas frases no eran frecuentemente utilizadas por nuestros padres, es el no sentirnos limitados por esa realidad, sino construir otra.
Entonces, no es sólo no decirles
a los demás aquello que lo afecta negativamente, sino decirle lo que puede
contribuir a elevar su vibración y que cambie su conexión emocional. Se trata
de aportar desde nuestra posición y cercanía con esas personas, a construir
los mejores ambientes relacionales. Ya sabemos que muchos de los conflictos
mundiales, sociales, familiares y personales tienen que ver con situaciones
comunicacionales no resueltas.
Hablar desde la motivación
es entonces hablar con optimismo, entusiasmo, conectar con la confianza, la
esperanza, la alegría y con la posibilidad de que el otro reconozca en sí mismo,
ese valioso capital del cual dispone y de las herramientas internas para potenciar
sus habilidades.
En el proyecto que les
mencioné de “Palabras habitadas” entre otros aspectos, se explora desde la
neurociencia los efectos del lenguaje positivo en el cerebro y su poder
transformador de la sociedad. Pudo concluirse que al cerebro le encanta el
lenguaje positivo, porque reacciona más rápido que cuando escucha una palabra
negativa, y esto significa que mejora la atención, la concentración y la
creatividad del ser humano. Hay ciertos estudios que deducen que, el coeficiente
intelectual se puede reducir 14 puntos, con el uso de palabras negativas. Ante
este impactante hallazgo propone lo que llaman la “lista de comprobación del lenguaje”, que consiste en darse cuenta
de cada palabra que se utiliza para expresarse y, si no son las adecuadas,
cambiarlas y elegir otras. De igual forma, sugiere activar la red de seguridad en el lenguaje. Esta
red refiere a la capacidad de crear un sistema de lenguaje de atención, de
vigilancia, que permita algo tan sencillo como no hacer daño con nuestras
palabras. Implica crear un lenguaje más constructivo, aplicando la capacidad de
elegir.
Seamos conscientes de que ya
no sólo se trata de cuidar nuestros pensamientos, sino también lo que
transmitimos desde el lenguaje y desde esa habilidad para comunicarnos con el
uso las palabras, sin desestimar que también podemos comunicar con gestos, con el
tono y otros elementos paraverbales que permiten dar un significado especial a cada
palabra y frase.
Debe haber coherencia entre lo que pienso y lo que digo y, coherencia entre lo que digo y cómo lo digo, es decir, hay muchos elementos que intervienen en el proceso de comunicarnos efectiva y afectivamente.
Yo agregaría que en este
mundo necesitamos orientar nuestro esfuerzo a comunicarnos afectivamente, con
cercanía con el otro, respetando su condición humana, su sentir, su historia, conectar
desde una palabra de aliento, de compañía, de soporte emocional, de luz.
Algunas de las palabras
mágicas que puedo sugerirles mantengan activas en su vocabulario cotidiano son:
gracias, te amo, por favor. Tienen la magia de abrir puertas y corazones.
Mi invitación es a estar muy
atentos a nuestro lenguaje, al diálogo interno y también al diálogo externo, a
cómo nos hablamos a nosotros mismos y a cómo le hablamos a los demás, ¿podemos
vivir tranquilamente con las palabras que decimos? pensemos un poco en eso y
nos seguimos leyendo.




Excelente! amiga, estoy de acuerdo contigo, es importante estar atento a nuestra manera de comunicarnos con nosotros y con los otros, por cuanto las palabras construyen realidades, como lo señala Rafael Echeverria
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